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Ansiedad, insomnio y cansancio: tres formas en que el cuerpo pide atención

Caroluz caminando junto al mar al atardecer

Estas tres llegan casi siempre juntas. Y llegan en este orden.

Primero el cansancio, que explicas con el trabajo. Después el insomnio, que explicas con el cansancio. Y al final la ansiedad, que ya no sabes con qué explicar.

Antes de seguir: cada una de las tres tiene causas médicas posibles y merece que tu médico las mire. Tiroides, anemia, apnea del sueño, efectos de medicación. Eso va primero, y esto que escribo acompaña, no reemplaza.

Con eso claro, vamos a lo que veo en sesión.

El cansancio que no se arregla durmiendo

Hay un cansancio que se va con una buena noche de sueño. Ese no es del que hablamos.

El otro es el que amanece contigo. Duermes ocho horas y despiertas igual. Te tomas el fin de semana y el lunes ya estás vacía otra vez.

Ese cansancio tiene menos que ver con las horas de sueño y más con cuántas decisiones tomas por día que no son tuyas.

Cuando sostienes la vida de varias personas, tu cabeza no descansa. Va calculando qué necesita tu hijo, qué le falta a tu madre, cómo va a reaccionar tu pareja, qué te falta entregar en el trabajo. Ese trabajo mental es invisible y consume enormemente.

Dormir no lo repone porque el gasto no es físico.

El insomnio de las tres de la mañana

Este tiene una forma muy reconocible: te duermes bien y despiertas de golpe entre las tres y las cinco.

Y ahí aparece todo. Lo que no dijiste. La conversación pendiente. La cuenta. La preocupación por alguien.

Durante el día estás demasiado ocupada resolviendo como para escuchar lo que sientes. Cuando la casa se calla y ya no hay nada que resolver, lo que quedó postergado sube.

No es que tu mente te traicione de noche. Es que de noche es cuando por fin puede hablar.

La ansiedad que no tiene motivo

"Es que no me pasa nada, por eso no lo entiendo."

Esa frase la escucho mucho, y suele significar otra cosa: no te pasa nada nuevo. Lo que pasa lleva años pasando, y lo normalizaste.

La ansiedad aparece cuando tu sistema lleva demasiado tiempo en alerta. Y el sistema se queda en alerta cuando aprendiste temprano que estar atenta a los demás era la manera de estar segura.

Si fuiste la niña que anticipaba el humor de los adultos, la que se portaba bien para no molestar, la que resolvía para que no hubiera problema, tu sistema nervioso se entrenó para vigilar.

Eso te sirvió entonces. Te está costando caro ahora.

Qué hacer con las tres

Empieza por lo médico. Después mira lo que sostienes.

Y prueba una cosa esta semana: cuando aparezca cualquiera de las tres, en lugar de taparlas, pregúntate qué estabas pensando justo antes.

Anótalo. Sin analizarlo, sin buscarle sentido todavía.

En cinco o seis anotaciones vas a empezar a ver un patrón. Casi siempre aparece la misma persona, la misma situación o la misma exigencia.

Eso es información. Y con información se toman decisiones distintas.

Lo que hacemos en sesión es exactamente eso, pero acompañada y con una estructura que te ayude a ver lo que desde adentro se ve borroso.

El acompañamiento emocional no sustituye el tratamiento médico ni psicológico. Si tienes un síntoma físico o malestar psicológico, consulta con un profesional de la salud.